Christopher Hitchens, author of "The Trial of Henry Kissinger" (Verso, 2001), travelled to Chile in May to meet with judge Juan Guzmán, who investigates US involvement in Operation Condor, the operational network of repressive agencies in the Southern Cone of South America during the 1970s and 1980s.
Hitchens met for over five hours with the magistrate at his home to discuss Kissinger's possible involvement, complicity or knowledge of Operation Condor. Previously during the week, he gave two public conferences on Kissinger's criminal record in Santiago: one at the auditorium of the Vicuña Mackenna National Museum, and another at the café and gallery "Off The Record".
During his stay in Santiago, Hitchens visited the tombs of Salvador Allende and Victor Jara, and the Memorial to the Disappeared in the General Cementery. He also met with René Schneider, son of former commander in chief of the Chilean Army, who was assassinated in a plot in which Henry Kissinger had direct involvement, as recently US declassified documents have revealed. Hitchens was also interviewed by several journalists (Channel 11, El Periodista and The Guardian (UK), among others).
Below is the Spanish version of an interview with Hitchens published by El Periodista on June 10 and reproduced by http://www.piensachile.com
Christopher Hitchens, autor de “El Juicio a Henry Kissinger”:
“La solitaria impunidad de Kissinger es cada vez más conspicua”
por Pascale Bonnefoy
Christopher Hitchens goza cuando ve al ex Secretario de Estado Henry Kissinger ofuscarse con una pregunta incómoda, cambiar el tema o simplemente negarse a contestar. Muchas veces, las interrogantes de periodistas y críticos sobre la carrera política de Kissinger provienen de un pequeño pero explosivo libro escrito por el propio Hitchens: “El Juicio a Henry Kissinger” (Verso, 2001).
En ese libro, el periodista británico radicado en Estados Unidos, prepara la base para lo que podría ser un eventual juicio penal a Kissinger por crímenes internacionales y violación de las leyes y Constitución de Estados Unidos, desde sus comienzos como Asesor del Consejo de Seguridad Nacional y luego Secretario de Estado bajo los presidentes Richard Nixon y Gerald Ford. Nos relata las actuaciones de Kissinger durante las negociaciones de paz de 1968 en París para poner fin a la guerra en Vietnam –que él mismo saboteó por razones internas electorales; el bombardeo ilegal de poblaciones civiles en Camboya y Laos entre 1969-1970– con la muerte de al menos un millón de civiles; la campaña para impedir que Salvador Allende asumiera la presidencia en Chile y la posterior desestabilización de su gobierno; la complicidad con el ex dictador griego Dimitrios Ioannides para derrocar al presidente chipriota Makarios en 1974; y el apoyo al general Suharto de Indonesia para su invasión de Timor Oriental en 1975 y la subsecuente masacre de su pueblo, con armas estadounidenses.
Hitchens es elocuente, hasta poético, se deleita con un bien argumentado debate, y lo salpica de ironía. Pero lo que dice lo toma muy en serio y no admite equivocaciones. “La carrera política de Kissinger es una de espantosos crímenes, y de reiterados y catastróficos fracasos políticos. Es un pseudo intelectual y un mentiroso comprobado, pero hoy es un hombre con miedo”, afirmó durante una de las dos charlas públicas que realizó durante su estadía en Santiago en mayo.
En su segundo viaje a Chile desde 1977, Hitchens se reunió con el juez Juan Guzmán para conversar de uno de sus tópicos favoritos: la criminalidad de Kissinger. Esta vez, sobre su conocimiento y complicidad en la Operación Cóndor, la red operativa de los servicios secretos de las dictaduras del Cono Sur, y por la cual fue interpuesta una querella criminal en Santiago en septiembre pasado.
Hijo de un marino británico conservador, quien fue comisionado en Chile durante la década de 1930, Hitchens es el niño terrible de la izquierda estadounidense, la pesadilla de los políticos, y la permanente piedra en el zapato de Henry Kissinger. Es columnista de The Nation y colaborador de una decena de revistas, profesor de Estudios Liberales del New School, en Nueva York, y autor de libros sobre temas tan diversos como la Madre Teresa, la historia de Chipre, y los escritores en la esfera pública. En estos días, lanza en Londres su libro “Orwell’s Victory”, sobre el escritor George Orwell.
Kissinger ya no puede viajar a países como Francia, España, Grecia, Chipre, India, Bangladesh, y Chile, por temor a ser citado a un tribunal o incluso detenido. “Por el resto de su vida, tendrá que conversar con sus abogados al menos una vez al día. Y nunca viajará sin temor. Hemos achicado su mundo, como él intentó achicar el nuestro. Pero no es suficiente”, afirma Hitchens.
¿Por qué Kissinger, y por qué ahora?
Han pasado varias cosas en los últimos años. Por un lado, las leyes sobre la desclasificación de documentos secretos en EE.UU. establecen que deben divulgarse después de 25 años, así que cada semana se están revelando nuevos hechos. Estamos recibiendo información increíble de ese periodo, que antes sólo especulábamos, y es chocante. Por otra parte, estamos viviendo en un periodo post-Milosevic y post-Pinochet, ex jefes de Estado que han sido enjuiciados, han evitado juicio, se han escabullido de enfrentar un juicio, o han sido procesados por sus propios pueblos o la comunidad internacional por crímenes en contra de la humanidad o crímenes de guerra, y esta situación no tiene precedentes en la historia.
Otros cómplices de Kissinger, como Ioannides y Suharto, están en prisión o camino a la cárcel. Casi todos los más altos miembros del gobierno de Nixon han renunciado o han sido desacreditados, exonerados, o encarcelados por haber violado la Constitución de Estados Unidos, como el ex Procurador General, John Mitchell, el Vicepresidente, Spiro Agnew, e incluso el propio Nixon, quien fue perdonado para evitar juicio. Sólo se ha salvado el padrino –Kissinger-, a pesar de haber sido el arquitecto de la política exterior de Nixon y de haber mentido al Congreso sobre su participación en las tragedias en Angola, Chile, Chipre, y Timor, por nombrar algunos casos. La solitaria impunidad de Kissinger es cada vez más conspicua.
¿El juicio a Henry Kissinger es factible, o es un esfuerzo simbólico?
La carrera de Kissinger se ha basado en el crimen internacional. No sólo se ha tratado de asesinatos masivos, sino también de serias conspiraciones en contra de la democracia. Hay evidencia muy sólida al respecto, especialmente en el caso de Timor Oriental. Kissinger conspiró con un dictador extranjero –Suharto-, y mintió al Congreso. Él sabía que las armas proporcionadas por EE.UU. a Indonesia estaban destinadas a la ocupación de Timor y al exterminio de su gente.
Luego está todo el tema de Indochina. Kissinger saboteó las negociaciones de paz en París en 1968 para poner fin a la guerra en Vietnam debido a intereses electorales domésticos. Los ciudadanos estadounidenses muertos entre ese año y hasta el final de la guerra fueron víctimas completamente evitables, sin mencionar los millones de muertos en Indochina.
En el caso de Chile, Kissinger mintió al Comité Church que en 1975 investigó las actividades encubiertas de la CIA previo al golpe de Estado en 1973. Sólo en 2000 pudimos saber, a través del Informe Hinchey, que Kissinger había mentido al Comité Church, al revelarse que la CIA había pagado a los asesinos del jefe del ejército chileno René Schneider, en circunstancias que Kissinger aseguró que él mismo había abortado el plan de secuestrar a Schneider una semana antes, el 15 de octubre, y que quienes actuaron lo hicieron independientemente de la CIA. En la investigación parlamentaria de 1975, se violaron las Constituciones de Chile y Estados Unidos.
Nunca imaginamos que Pinochet sería detenido en Londres. A Pinochet se le retiró su inmunidad, fue procesado, y fue perdonado por un gobierno más compasivo que el que él comandó, debido a su incapacidad física y mental, al igual que Suharto. Otros, como George Papadopoulus en Grecia, y el general argentino Jorge Videla, están en prisión, donde deben estar, han debido pagar un muy alto precio, y nunca serán perdonados por sus pueblos. Estamos mucho más cerca de Kissinger de lo que aspirábamos a llegar.
¿Por qué Kissinger ha logrado evadir la justicia por tanto tiempo?
Esa es la pregunta más imponderable. Su culpabilidad es tan obvia, que me parece que se debe justamente a eso. Si no quieres que tus crímenes sean investigados, hay que asegurarse de que sean realmente asquerosos, tan horrorosos que la gente no querrá enfrentarlos. Para que EE.UU. admita todo lo que hizo Kissinger como Secretario de Estado, es una confesión mayor de la que está dispuesto a hacer. Es demasiado horrible, demasiado reciente, y demasiado contemporáneo. Estos temas aún son sensibles.
¿Qué lo ha protegido todos estos años?
La pasividad, el sentimiento de que no se puede hacer nada. El gran secreto que Nixon conocía muy bien es la definición misma de la corrupción: la extensión de la complicidad de la manera más profunda y amplia posible para que nadie tenga interés en culpar a los demás. Nixon y Kissinger fueron maestros en eso. Kissinger logró la aprobación de sus planes no sólo por parte del gobierno, sino también por los académicos, la prensa y el establishment político. Sus tres volúmenes de memorias –que fueron recibidas con espléndidas críticas- son un escándalo. Hizo una fortuna con esas memorias, publicadas por la más prestigiosa casa editorial, y se le ofrecieron cargos académicos honorarios –incluso fue nombrado presidente de la universidad William and Mary en Virginia-, pero se puede demostrar de manera conclusiva que son un absoluto fraude.
Si las universidades, la casa editorial, la clase política, la prensa y los críticos literarios llegaran a decir que el gobierno de EE.UU., entre 1968 y 1976, actuó como un Estado delincuente, según su propia definición llevada al extremo –o sea, un país dirigido por líderes psicopáticos dispuestos a recurrir a la violencia en otros países para mantener su poderío- sería una gran desgracia. Significaría revisar la historia oficial, y ¿qué se le diría a las nuevas generaciones?
No obstante, su posición en el mundo que antes lo protegía –el Consejo de Relaciones Internacionales, los think-tanks, la academia, etc.- se está debilitando. Si Kissinger vive otros cinco años, será suficiente para que termine su vida totalmente desacreditado, por lo menos. Ya está sintiendo el frío.
¿No son las revelaciones de los documentos desclasificados una manera de exponer la verdad?
Organizaciones como el Archivo de Seguridad Nacional y otras personas vinculadas al tema de cierto modo han jugado el rol de una comisión de la verdad. Pero estas organizaciones y personas no tienen las facultades de un juez ni de un comité parlamentario que plantee que si se quiere asumir el pasado, el precio a pagar es la honestidad. Estados Unidos está viviendo con un gigantesco vacío en la psiquis de su historia.
Una manera de resolver el tema es a través de una Comisión de la Verdad y Justicia en Estados Unidos. Si se establece la verdad, se puede enfrentar, y no se podrá negar nunca más. Estados Unidos nunca ha tenido nada semejante a una comisión de verdad y justicia, a diferencia de muchos otros países menos poderosos.
Además, se le debe obligar a divulgar los documentos que él robó del Departamento de Estado (1). No sólo debemos conseguir justicia, sino también la verdad. Esos documentos nos pertenecen. Él los ha secuestrado. Debe devolverlos, pedir perdón, devolver el dinero que ganó convirtiendo esos documentos en un libro fraudulento y entregarlo a las víctimas, enfrentar juicio y decir la verdad.
¿Cree que Kissinger teme por su futuro?
En mi libro menciono que me encontré con evidencia grabada de que él estaba más preocupado de su situación legal tras el arresto de Pinochet en Londres que cualquier otra persona. Él supo antes que nadie que si se realizara una investigaban acuciosa sobre sus propias actuaciones, estaría en problemas.
Se supone que él es el gran estadista e intelectual, pero actúa de una manera infantil, con pánico y nerviosismo, cada vez que es enfrentado con acusaciones o preguntas sobre su actuación política. Trata de cambiar el tema, huye, emite declaraciones paranoícas, insulta indiscriminadamente, etc. Está muy asustado. Si lo que yo sé de él–y sé bastante- es cierto, es horrible, imagínense lo que sólo él sabe. Es lógico y probable que haya cosas que sólo él sabe y que tiene terror de que se revelen. Kissinger debe saber cosas que nosotros ni nos atreveríamos a adivinar, cosas realmente obscenas sobre tortura, asesinatos, y otros crímenes.
Su mundo se ha achicado de una manera que no alcanzábamos a imaginar hace pocos años. Hay muchos países que ya no puede visitar, hay otros que han solicitado su declaración judicial, y puede haber uno que incluso pida una orden de detención en su contra con fines de extradición.
¿Chile?
Chile es uno que podría hacerlo. Si eso ocurre, lo cual podría suceder, y ciertamente debería, ¿qué va hacer el gobierno de Estados Unidos? La opinión interna ya está dividida sobre temas como el Tribunal Penal Internacional; una gran parte del establishment estadounidense cree que su país debe ratificar el TPI, y no sólo por imagen. Saben que necesitan aliados. Estamos ante una coyuntura muy crucial.
Supongamos que la querella civil –basada enteramente en documentos desclasificados- que presentó la familia Schneider en Washington en contra de Kissinger llegara a una corte federal, y se resuelve a favor de la familia Schneider. Significaría que un tribunal federal de EE.UU. consideró que una autoridad de gobierno fue responsable de un asesinato en otro país, y que pagó por él. Yo soy optimista al respecto. No creo que la sociedad norteamericana pueda vivir con una contradicción de esa magnitud.
¿Qué rol podría jugar Chile para llevar a Kissinger ante la justicia?
El caso de Chile es el que probablemente lo haga caer, porque involucra el derecho internacional así como el derecho interno de EE.UU., en un caso individual –Schneider-, y complicidad en el golpe de Estado y la posterior represión. Ahora hay un juez chileno que está en posición de tomar una decisión vital, y no podrá ser cuestionado por ella, por ser un hombre apegado al derecho y dispuesto a seguir la evidencia hasta donde lo lleve.
Es maravilloso y a la vez una vergüenza que la familia Schneider haya tenido que llevar su caso a Washington; maravilloso porque la familia interpuso una demanda civil en un tribunal federal de EE.UU., pero vergonzoso porque ese caso debería haber sido presentado por el gobierno de Chile –por tratarse del homicidio de un alto servidor público- o por el Congreso de EE.UU., por el rol que le cupo al gobierno en ese asesinato, y especialmente ahora que el gobierno y el pueblo de EE.UU. están moralmente comprometidos con el combate contra el terrorismo internacional. Me parece que el Estado chileno carece de auto-respeto por dejar este caso en manos de iniciativas individuales.
Si logramos que una ex alta autoridad de gobierno, de un país victorioso como Estados Unidos, sea obligada a al menos responder preguntas a riesgo de ser sancionado, elevaríamos los derechos humanos a un nivel sin precedentes, sin posibilidad de retroceso.
Si se emitiera una orden de detención o pedido de extradición, ¿tiene derecho Kissinger a ampararse bajo el Departamento de Estado? En otras palabras, ¿tiene el Depto. de Estado la obligación de responder por él?
Eso aún no se ha decidido. No existen suficientes argumentos. La razón por la cual la iniciativa chilena haría mucha diferencia es que forzaría el tema al ámbito público dentro de EE.UU.. Al momento, a nadie se le está pidiendo que tenga una opinión al respecto, mientras no esté en las primeras planas de los diarios. Si los tribunales o el gobierno chileno solicitaran formalmente la extradición de Kissinger, y si esa solicitud está elaborada y fundamentada adecuadamente, colocaría el tema en la agenda de la prensa, los tribunales y el Congreso de Estados Unidos.
Si un juez democrático y conservador, en un país respetable, como Chile, solicita su arresto para ser interrogado, los políticos en Washington tendrán que asumir una posición. Debemos empujar el tema de la criminalidad de Kissinger al punto que se le tenga que preguntar al Presidente de EE.UU. su opinión, y repetidamente. El gobierno de EE.UU. tendrá que decidir si quiere aparecer ante la comunidad internacional como un país que protege a un hombre buscado por países democráticos por sus crímenes. No está claro que eso es lo que quiere o podrá defender. ¿Qué le deben a Kissinger realmente? Y por sobre todo, ¿es Estados Unidos un Estado de Derecho?
El Departamento de Estado no puede alegrarse mucho cuando Kissinger le tira la pelota y lo utiliza como escudo. Hay que recordar que hubo dos renuncias masivas en ese Departamento bajo su mando. No es evidente que el Departamento de Estado quiera que Kissinger utilice su amparo por casos judiciales privados.
¿Tiene inmunidad como ex Secretario de Estado, o es su presunta inmunidad una interpretación subjetiva de la ley?
Su inmunidad tal vez no sea tan sólida como lo cree. La resolución al respecto sentaría precedente. El fallo de la Cámara de los Lores en Inglaterra no le reconoció inmunidad soberana a Pinochet, y creo que Estados Unidos no quisiera ser menos.
¿Qué se requiere para tildar la balanza dentro del Departamento de Estado?
Kissinger alega que no puede recordar los miles de documentos que pasaron por su escritorio durante su periodo como Secretario de Estado, y remite a todo el mundo a los abogados del Departamento de Estado. Sin embargo, hay evidencia de que se preocupó muy diligentemente de los temas que fueron realmente importantes. Por otro lado, Kissinger fue director del Comité 40, del Consejo de Seguridad Nacional, el único Secretario de Estado que haya asumido esa jefatura, y el único en haber invitado al director de la CIA a ese comité. ¿Estos son los papeles que Kissinger no recuerda? Espero que el Departamento de Estado no quiera asumir el rol de limpiar detrás de un hombre que no recuerda lo que hizo.
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(1) En diciembre de 1976, Kissinger extrajo desde la Casa Blanca 10.000 páginas de transcripciones de sus conversaciones telefónicas realizadas entre 1973 y enero de 1977, mientras fue Secretario de Estado,
y los guardó en la Biblioteca del Congreso bajo un acuerdo de que no serían difundidas hasta cinco años después de su muerte.
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